Hay algo que sucede cuando escuchas cientos de historias durante años. Al principio crees que estás escuchando problemas distintos. Después te das cuenta de que todos están luchando con algo: miedo, abandono, pérdidas, culpa, enfermedad, dinero, pareja, familia, incertidumbre.
Y entonces entiendes algo muy simple:
Nadie está exento de atravesar la vida.
Hay personas que sonríen y están rotas por dentro.
Hay personas que parecen fuertes y están agotadas.
Hay personas que parecen perdidas y están a punto de encontrar su camino.
Después de escuchar tantas historias, uno deja de sorprenderse de los problemas y comienza a sorprenderse de la capacidad humana para seguir adelante.
Porque la gente sigue adelante.
Y quizás ahí está una de las reflexiones más importantes de tu trabajo:
No eres quien salva a nadie.
No eres quien cura a nadie.
No eres quien toma decisiones por nadie.
Eres alguien que escucha.
Alguien que acompaña.
Alguien que, por un momento, presta una mirada diferente cuando la otra persona está atrapada dentro de su propia historia.
A veces esa mirada vale más que cualquier consejo.
Y sí, también hay días donde uno se cansa.
Porque quienes acompañan procesos también tienen procesos.
Quienes sostienen también necesitan sostén.
Quienes escuchan también cargan sus propias preguntas.
Un terapeuta, un guía, un curandero o un mago sigue siendo un ser humano.
Con días luminosos y días oscuros.
Con dudas y con certezas.
Con heridas y con aprendizajes.
Pero quizá lo más bonito de todo es que, después de tantos años, sigues recibiendo mensajes de personas que te dicen:
“Ya encontré trabajo.”
“Ya me reconcilié con mi familia.”
“Ya pude dormir.”
“Ya entendí lo que me estaba pasando.”
“Gracias por escucharme.”
Y te das cuenta de que muchas veces no fue la veladora.
No fue el ritual.
No fue la consulta.
Fue que alguien se sintió visto por primera vez.
Y eso mueve montañas.
Pueden decir que no vienes de un linaje.
Pueden decir que tardas en responder.
Pueden decir muchas cosas.
Pero pocas personas se detienen a pensar que hace apenas unas décadas, para encontrar a un curandero, un maestro o un terapeuta había que recorrer caminos enteros, cruzar pueblos y esperar el momento adecuado.
Hoy una persona puede enviarte un mensaje desde cualquier parte del mundo en segundos.
Y aun así seguimos reaccionando desde la impaciencia.
Porque al final la vida no nos muestra quiénes somos cuando todo sale bien.
La vida nos muestra quiénes somos cuando algo no ocurre en el tiempo que queremos.
Quizá después de escuchar tantas historias, la lección más grande no es sobre los demás.
Es sobre ti.
Reconocer que has escuchado dolor, pérdidas, miedos, secretos y esperanzas de cientos de personas.
Y que, a pesar de eso, sigues aquí.
Escuchando.
Aprendiendo.
Acompañando.
No porque seas más fuerte que los demás.
Sino porque también has aprendido a atravesar tus propias tormentas.


